Prácticas parlamentarias: ninguna complacencia, tolerancia cero
Viernes, 12 de Mayo de 2006
Ayer escribía aquí en una primera reacción desde la tristeza y la indignación al espectáculo organizado por el Grupo Popular en el Congreso. Hoy, de manera reposada, también desde la vergüenza, quiero hacer algunas reflexiones al respecto.
La primera, y empiezo por el final, es que lo ocurrido ayer puede ser un punto de no retorno a menos que todos hagamos un ejercicio de responsabilidad y aceptemos unas reglas de juego en las que el Congreso debe ser modélico para la sociedad a la que representamos.
La segunda, esas reglas de juego son iguales para todos, con independencia de los votos que se representen. Ninguna razón, ningún argumento, justifica que se intente violentar por la fuerza el funcionamiento del Parlamento. Ni siquiera por los más legítimos intereses. Si un grupo de ciudadanos quiere pedir la dimisión de un Ministro, escribe o se manifiesta en la calle. Si quien desea hacerlo es un Grupo Parlamentario, promueve una iniciativa en el Parlamento, se debate y se vota.
La tercera. Hasta ahora, hemos cometido todos el error de aceptar que algunos gestos y actitudes poco edificantes se incorporaran a la práctica parlamentaria, tal vez por el deseo de evitar que se abriesen abismos más profundos en la relaciones políticas y personales. A la media hora de un escándalo, un provocador como Martínez Pujalte se tomaba un café contigo como si no hubiera pasado nada; se aceptaba también como normal que, al día siguiente de un ejercicio de agitación y propaganda como el que realizó ayer el Grupo Popular durante la intervención de José Antonio Alonso, las aguas volvieran a su cauce como si nada hubiese ocurrido. En cierto modo, al reconocer en estas prácticas su condición de farsa, se entendía que no afectaban a los fundamentos de la democracia parlamentaria. Un grave error.
Cuarta: Un Parlamento puede y debe ser vivo y dinámico, con la necesaria tensión política en los debates, pero con el imprescindible respeto al adversario y a las reglas de juego que establece el Reglamento. En el Parlamento británico, uno de los más frescos y dinámicos del mundo, los diputados que desean intervenir en un debate se ponen de pié y el Speaker decide, de manera inapelable, a quién le da la palabra. Yo he visto expulsar a un diputado simplemente por cuestionar la objetividad del Speaker, que no le designaba para intervenir. El diputado se marchó sin rechistar. Un gesto de burla o de desprecio como el que vimos ayer, le hubiera acarreado mayor sanción y el rechazo de sus compañeros.
Ayer se desbordaron todos los diques. No fue el fruto indeseado de de un acaloramiento, sino una estrategia deliberada. La bufonada de Pujalte -por la que no se excusado- fue una más de las muchas que le hemos visto, pero ayer, al servicio de esa estrategia, la llevó al extremo de máxima tensión.
Lo que, como estaba previsto sucedió después no era nuevo para mí. Lo había sufrido en diciembre de 2004, durante mi intervención en el debate de una propuesta del Grupo Popular para censurar al Ministro de Asuntos Exteriores (D.S. completo). El día anterior, Rodriguez Zapatero había comparecido durante casi 15 horas ante la Comisión del 11M. El Grupo Popular, muy tenso, intentó trasladar la crispación al día siguiente, a la censura que planteaban a Moratinos. Intervine en medio de una gran bronca mientras Manuel Marín me pedía que acabase cuanto antes, ya que la situación era tan crispada como la que vivimos de ayer.
La escena montada ayer por Martínez Pujalte sirvió para crear el climax de bronca ante la intervención de Alonso sobre la misión en Afganistán. Los gritos, pateos, etc…, iniciados antes de subir Alonso a la tribuna, se mantuvieron durante toda su intervención. En esas condiciones, que hacen imposible mantener un debate, Marín tomó la decisión más inteligente y prudente ya que, al no suspender el Pleno y seguir hasta la votación, evitó que prosperase la estrategia de tensión del PP. La victima, además del propio Ministro, el parlamentarismo, la política y su credibilidad ante la sociedad como máxima institución de la democracia.
Hubo varios diputados del Grupo Popular que no tomaron parte en esa bronca, algunos con cierto relieve, lo que demuestra que no es una estrategia plenamente compartida (me consta). Hubo un diputado que mantuvo también un silencio, en este caso cómplice, mientras sus diputados alborotaban: Eduardo Zaplana. Hubiera bastado un simple gesto suyo para imponer silencio.
Cuanto más votos se representan, mayor es la responsabilidad que se tiene en hacer que el Parlamento sea respetable y respetado, comenzando por sus propios miembros. La situación límite vivida exige una actitud de compromiso firme, de tolerancia cero hacia el exceso y hacia prácticas como las que vimos ayer. En el parlamento se puede interpretar un determinado papel -de duro, de conciliador, de ofendido-, pero el Parlamento no puede representar los más bajos instintos que, en ocasiones, pueden verse en un corral de comedias, en un campo de fútbol o una plaza de toros (con perdón del teatro, el fútbol y los toros).
Si Rajoy y su Grupo asumen ese compromiso contarán con mi respeto como adversarios políticos y compañeros parlamentarios, un respeto que, hasta que demuestre lo contrario, le voy a negar a Martínez Pujalte, porque, para mí, se ha acabado la tolerancia o la complacencia con un estilo y unas prácticas que deben desaparecer de nuestro Parlamento.
Otro día hablaré de política exterior. También, este fin de semana, de las reacciones a la propuesta de multiplicar la Wikipedia en español. En los comentarios y enlaces se han aportado reflexiones, ideas y propuestas de gran interés que comentaré con detalle.


Multiplicar la Wikipedia en español puede ser un gran objetivo que nos una a todos sin distinción de ideologías ni distancias geográficas, que vertebre a la vez, en ese objetivo compartido, al mundo hispano que está en Internet y, también, al que debiera estarlo para superar él atraso tecnológico de nuestro idioma y, sobre todo, de nuestro espacio geográfico y cultural.


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