Adiós, padre, ya pasó tu vida
Domingo, 4 de Noviembre de 2007Escribo en el aeropuerto de Madrid, mientras espero el vuelo que me llevará a Almería. Hace apenas 20 horas, cuando regresaba a Buenos Aires desde Rosario, donde había inaugurado un Congreso de Jóvenes Descencientes, recibí la llamada que temía y que esperaba: mi padre agonizaba en el hospital. Poco después, mientras luchando contra el tiempo trataba de lograr una plaza en el primer vuelo de Iberia para España, supe que la agonía había terminado. Logré llegar al avión sólo unos minutos antes del despegue (gracias infinitas, Alejandro).
A sus 93 años, mi padre solía decir cuando se le preguntaba cómo estaba: “aquí, pasando la vida”, y todos entendíamos que quería decir: “aquí, esperando que llegue la muerte”. Lúcido de mente, cada vez con menos fuerzas para moverse, aún mas triste desde que decidió aceptar, hace apenas un año, que ya no volvería a conducir, a sentirse vivo al volante, mi padre se había resignado a la vida.
Cuando hace un año le dije que iban a nombrarme Embajador en Argentina, reaccionó con una mezcla de tristeza -”ahora nos veremos mucho menos”- y de orgullo. Cuando hablábamos por teléfono, a diez mil kilómetros, saber que éramos felices le animaba más que cualquier medicina.
Decimos adiós al padre, al suegro que fue igual que un padre, al abuelo compresivo, generoso y lleno de afecto. Al hombre bueno que, sin proponérselo, sólo sabía provocar afecto y amor. Con profunda tristeza, pero sintiendo que, para él, ha llegado el fin que esperaba pacientemente, resignado a la vida.
Dentro de unas horas, cuando llegue a Almería, encontraré las esquelas en el períodico -”Juan Antonio Estrella Martín, Hijo Predilecto de Almería”- y el cariño de familiares y amigos. Quisiera dejar también este recuerdo aquí, en mi blog.



