No sabría por donde empezar. No es fácil escribir el primer post, al comienzo de un cambio vital tan profundo. No es fácil porque el tiempo se acorta en la sucesión de reuniones, visitas, llamadas y documentos; no es fácil por las limitaciones que yo mismo me he impuesto en este blog y, especiamente, no es fácil porque, como he dicho, no sabía por donde empezar.
Como creo que explica muchas otras cosas, comienzo por lo más próximo en todos los sentidos, por lo de anoche, Serrat en el Gran Rex, el mayor teatro de Buenos Aires. Podría haber sido cualquier cancha de fútbol con Maradona en el césped y el público entregado; podría haber sido cualquier catedral llena de fieles en recogido fervor. Era una mezcla de ambas cosas. He visto actuar a Serrat en otras ocasiones, pero nunca había disfrutado tanto con el cantante…y, sobre todo, con su público, entregado con fervor y con delirio.
Aquí, a diez mil kilómetros de distancia, te puedes encontrar en el mismo día al alcalde de Logroño, a Pascual Maragall o a Juan Antonio Yáñez, que llegará el domingo para seguir con su misión facilitadora. Eso te hace sentirte como en casa. También, cuando recorres, como hice el domingo, las calles de Palermo o de San Telmo, cuando entras a los despachos del Gobierno o, por supuesto, cuando escuchas al Serrat más intimista y vital, con el alma y el piano de Ricard Miralles, en el Gran Rex ,despues de estar con él en el backstage en la privilegiada doble condición de admirador suyo y Embajador de España.
No se trata sólo de los 240.000 españoles -la inmensa mayoría, a la vez argentinos- que viven en Buenos Aires (el Consulado es, por su actividad, el tercer Registro Civil de España) sin necesitar un sicoanalista que les resuelva problemas identitarios. Es algo mucho más sofisticado y profundo. Hay grandes diferencias entre nosotros, por supuesto (el propio Serrat ironizaba anoche sobre “la dificultad de convertir el catalán en idioma universal”), pero es imposible no reconocerse como en un espejo, a veces deformado, en el pueblo argentino. Es inevitable advertir que lo de la comunidad hispanoamericana, diversa, desigual, existe con toda su potencia, y que, con Benedetti, en el mundo globalizado, codo a codo somos mucho más que dos. Aunque estemos cada loco con su tema. Anoche, en el recital de Serrat, una sutil y reveladora muestra de la diferencia: Mediterraneo fue la canción que despertó menor entusiasmo.
El concierto de anoche es, en ese sentido, además de arte en estado puro, una parábola de lo hispano-argentino y, en general, de todo lo hispano en lo común y en lo diferente.
En otras ocasiones he escrito aquí sobre la necesidad de que España construya una diplomacia pública con los muchos mimbres que tiene para ello: Serrat, como otros muchos en el mundo de la cultura, son buenos ejemplos de ese potencial que debiera servirnos para construir el relato común de nuestro presente y nuestro futuro con los pueblos de América. Volveré a hablar de ello.
Un apunte sobre mis primeras horas en la Argentina. Batiendo todos los records, presentaba Cartas Credenciales cuatro horas después de haber aterrizado. También, en la crónica de mi llegada, una bella e impagable bienvenida de la corresponsal de La Nación en Madrid.
Ya me lo han advertido: “Dios está en todas partes, pero despacha en Buenos Aires”. Anoche, en el Gran Rex.